Por Fabio Martínez

La poesía y el dolor en el fútbol

El Maradona que recuerdo, el Maradona que me marcó la vida de manera profunda y definitiva, es el Maradona del Mundial 90. Del 86 solo tengo recuerdos fugaces y fragmentarios: un televisor encendido en la pieza de mi abuela, un partido de fútbol, el auto de mamá, un Renault 12, mis hermanos y yo en el asiento de atrás y la plaza de Tartagal llena de personas, los árboles de mangos, los bancos, los juegos, los negocios, las casas, los balcones y los papelitos que flotaban en el aire, todo de celeste y blanco.

En cambio, en el Mundial 90 tengo nueve años, lo único que leo son las crónicas deportivas. Me gusta Caniggia, ¿a quién no le gusta Caniggia en esa época? Rubio, joven, de pelo largo, veloz, amigo del Diego. Antes del debut leo que Bilardo da el equipo, los jugadores están sentados sobre el césped luego del último entrenamiento, esperan ansiosos que su nombre quede entre los titulares. Caniggia va al banco. Antes de que Bilardo los mande a las duchas, el Cani se levanta y se va. Maradona lo agarra del brazo, Cani se da vuelta, tiene los ojos rojos, llenos de lágrimas. Llora.

De ese Mundial, del 90, también recuerdo su canción “Un estadio italiano”, un himno moderno del fútbol mundial. El partido con Brasil, la jugada de Maradona, el gol de Caniggia, el Goyco y los penales, la semifinal contra Italia en Nápoles y el pedido del Diego para que los Napolitanos tengan memoria, para que no se olviden que, para el norte rico, rubio, industrial, los napolitanos fueron y serán siempre negros y pobres. Y la final y ese gesto de argentinidad irrepetible, inolvidable. El estadio olímpico de Roma repleto y suena el himno argentino y el silbido es ensordecedor, Maradona los putea, es él contra ochenta mil personas, él contra el mundo, ese gesto, esa valentía es pura poesía.

Porque en realidad yo quiero hablar solo de dos cosas que sucedieron en ese mundial y me marcaron la vida. Y una de ellas tiene que ver con la poesía, con el arte en general. Porque en ese mundial entendí que el fútbol también puede ser un arte, que también hay poesía que nos eleva, que rompe con lo cotidiano, lo chato, lo vulgar o que ilumina los momentos más oscuros de nuestra vida. Y esa sensación la experimenté en el partido inaugural.

Argentina, el último campeón, se enfrenta a Camerún el 8 de junio de 1990. La selección con la remera titular. Entran al campo de juego. En la mitad de la cancha están los jueces de línea y el referí. La pelota en el círculo central. Los jueces conversan entre ellos, esperan por el sorteo, por las fotos, por las cuestiones protocolares como los cambios de banderines. Y llega el Diego, llega Maradona y rompe con esa quietud. Se acerca al balón, la pisa con la izquierda, la levanta con la derecha, empeine, dos jueguitos y la pelota se eleva por los aires y cae y pega en su hombro, una, dos, tres, cuatro veces. Los árbitros quedan en las sombras, estáticos. Maradona se desliza por la parte de la cancha iluminada por el sol.

Tengo nueve años, repito, y todavía me cuesta comprender lo que percibo, pero tengo en claro que algo se rompió. Con esos jueguitos de hombro, con ese hombre de un metro sesenta y cinco deslizándose por medio de la cancha se acabó lo esperable, lo cotidiano, lo llano, y surgió lo poético. Hasta el día de hoy, que ya pasaron más de treinta años, recuerdo ese instante.

El otro momento que me marcó de manera trascendental ya no tiene que ver con el arte o la poesía, tiene que ver con este mundo y con la vida. Final del mundo. Argentina vs Alemania. La selección con la casaca suplente. Partido duro. Maradona con el tobillo inflamado como una pelota de tenis. Sin Caniggia, sin Giusti. Argentina resiste y en el minuto cuarenta del segundo tiempo, los alemanes recuperan la pelota en la mitad de la cancha, Matthaus filtra un pase a Voller. Sensini va al piso, la saca de manera lícita, el balón sale por la línea del fondo. Codesal hace sonar el silbato. Estira el brazo, cobra penal. Penal. Penal. No lo puedo creer. Los jugadores no lo pueden creer. Se le van al humo al referí. El Diego lo quiere hacer entrar en razón, pero no hay forma. La pena máxima ha sido cobrada. El Goyco adivina el palo, el tiro es esquinado. La red se infla apenas. El Goyco queda en el piso. Los alemanes festejan. Gol de Alemania.

El partido termina.

Maradona camina y llora, lo hace de manera desconsolada.

Sus lágrimas se esparcen en cada rincón del campo de juego. Yo estoy en mi pieza, recostado, y también lloro, no lo puedo evitar. Me tapo con las sábanas.

Abro paréntesis y vuelvo a la actualidad o por lo menos al último mundial. En el partido de cuartos de final, mi hijo que ahora tiene nueve años no pudo contener el llanto cuando Holanda nos empató en tiempo de descuento, en la última jugada de los diez minutos que adicionó el referí. Había sido un partido dominado de punta a punta por la selección y Holanda lo empató a puro centro y cabezazos. Le pedíamos a mi hijo que se tranquilizara, le decíamos que era solo un partido de fútbol. Pero él, a los llantos, decía que no, que no era solo un partido de fútbol. Era mucho más que eso y no podía parar, no podía dejar de llorar. Y lo entendí. Al igual que yo, cuando tenía nueve años y vi esa final, y vi a Maradona llorar de manera desconsolada, entendí que el fútbol nos había enseñado otra cosa, nos había mostrado lo injusto, lo cruel que puede ser el mundo. Lo injusto y cruel que se puede volver un país.