Por Ángel S. Ramia
Sin darme cuenta (yo también)
me convertí en un buscador
1
Deberías escribirla como si fuera una historia, me dice el jefe.
Sí, obvio, respondo. Pero miento. Me miento. Empecé a escribir esto unas cinco veces. Supongo que estas palabras, este comienzo, será el definitivo. Nadie lo sabrá.
2
“Durante algunos años trabajé de periodista.
Un día, no sé cómo, todos los jefes de redacción se dieron cuenta
al mismo tiempo de que podían arreglarse sin mí.
Ahora escribo historietas absurdas sobre historias verdaderas.
No me va mucho mejor, pero se conoce gente…”
Polo
El 19 de abril de 1993 se transmite la primera emisión de El Otro Lado, en ATC, manejada en aquel entonces por Gerardo Sofovich, en la figura de interventor. La propuesta es innovadora, se mezclan estéticas en años de edición analógica: poesía, policial negro, cuento, historieta. Al programa lo lleva adelante Fabián Polosecki, el Polo, pero lo arma y lo sostiene un grupo importante de personas: Pablo de Santis, Pablo Reyero, Ariel Barlaro, Agustín Salem, Marcelo Birmajer, Ricardo Ragendorfer, Ignacio Garasino, Daniel Laszlo, Diego Lublinsky, Irene Bais, Claudio Beiza, entre otros y otras.
¿Quién es Polo? ¿Qué es El Otro Lado? ¿Quiénes son todos esos otros?
3
“Si supiera adónde ir,
intentaría fugarme solo,
para poder seguir”.
Alejandro Sokol
La primera vez que escuché su nombre fue en un disco de Las Pelotas. Antes de la canción “Si supieras”, Daffunchio dice: “Este tema que viene se lo dedicamos a Polosecki, al Polo, que ya no está. Grande Polo”. Yo no tenía la más puta idea de quién era Polosecki ni tampoco la tuve en los años posteriores.
El nombre había quedado rebotando en mi cabeza y en algún momento el eco movió la búsqueda. En los tiempos que corren basta con saber tipear correctamente para encontrar resultados al instante: cerca de 16.700 en 0.40 segundos. Abro un par de ventanas. En algunas hay sol, en otras llueve y en muchas se repite lo mismo. Hay poca originalidad en las redes, se copia y se pega y ya no se sabe quién empezó lo mil veces copiado. Podría hacer lo mismo. La tentación es mucha pero la vergüenza es mayor. Prefiero armar mi propio collage.
No tengo ninguna intención de hacer una investigación exhaustiva ni de traer a la luz algún dato que nadie vio. Para eso basta con darle click a alguno de esos 16.700 resultados. Yo escribo en la comodidad relativa de mi silla, conmovido por un programa de televisión y por ese personaje que tomaba las 4 primeras letras de su apellido, el apodo robado a su hermano: Polo.
Leo algunas reseñas interesantes, anoto nombres, busco videos. Despliego en una mesa un montón de partes de un rompecabezas de piezas impares. Mi jefe cree que tengo todo cocinado, pero la verdad es que lo único que tengo es una hornalla prendida, sin ingredientes, sin utensilios, sin aderezos. Cada tanto vuelvo a la mesa e intento encajar las piezas a los puñetazos. Es ridículo. Tengo mi habitación llena de esquirlas, palabras sueltas, pedacitos de historias. Quizás lo mejor sea beber algo, dormir un poco, volver mañana.
4
“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco.
Algo peor que no tener ninguna historia que contar:
es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas”.
Polo
Las palabras son dibujos aburridos y limitados cuando se quiere llevar al papel algunas sensaciones. Quizás el problema no sea de las palabras sino de quien las usa, como las armas o los micrófonos. Prendo la computadora y miro los programas. Todos me parecen geniales. El tiempo pasó, tres décadas ya y, lejos de oxidarse, El Otro Lado no envejeció, o sí, envejeció bien, sin perder vigencia. ¿Qué era lo que lo hacía tan especial?
El programa llevaba el ojo a lugares que estaban ahí, invisibles y a la vista de todos, entrevistando a personas que transitaban en la vereda opuesta al clima festivo de la época, de la frivolidad de la década menemista. Polo escucha, pregunta, deja hablar y, principalmente, deja que el silencio se quede rebotando, como la onda del agua en un río calmo. Polo mira a los ojos, soporta el peso del silencio y deja que las palabras de los entrevistados vuelvan a salir, la charla fluye en pliegues y podemos ver los reversos de las palabras, el otro lado de las cosas.
5
“El mundo es lo que cada uno ve del mundo.
Si en este momento te invito a caminar,
vos vas a ver algunas cosas por la calle,
y yo, seguramente, veré otras.
La tele es así también: lo que muestres
y la manera en que lo muestres
refleja tu perspectiva del mundo,
y ésa es siempre una cuestión ideológica”.
Polo
No caminé tantas calles porque los tiempos son otros y con un teclado podés acercarte ahí donde los ojos no llegan, pero algo falta, algo siempre falta. Me faltan empedrados, cigarrillos, vasos y miradas. ¿Cómo se puede buscar sin caminar? ¿Cuál es el límite de la pantalla? Lo que quiero no está en este buscador virtual.
Hablo con gente de por acá, raspo las palabras pero no encuentro mucho; a decir verdad, casi nada. Quizás no estoy dando con la gente indicada, quizás me faltan años, charlas, ciudad, puerto, veredas rotas; faltan olores, rumores, risas, vías del tren. Como no tengo nada de eso, doy vueltas y vueltas con las palabras, armando trencitos en renglones rectos, patagónicos, paralelos. Termino donde empiezo y no llego a ningún lugar.
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“Lo que busco nunca coincide con lo que encuentro
y lo que encuentro nunca es lo que esperaba”.
Polo
“El Otro Lado es un programa épico”, pienso, y leo lo mismo en varios lados. El adjetivo que usan es “de culto”. Me da un poco de vergüenza haberlo descubierto recién ahora, a casi 30 años de su existencia. Y voy, y pregunto con esa vergüenza a cuesta a gente de cine de Córdoba, a gente copada, a conocedores y, para mi sorpresa, me encuentro con que no, que no conocen, que sí, que escucharon hablar, que les suena, que de algún lado lo tienen pero no, no saben. Por ahí la respuesta está en la historia (siempre está en la historia): en Córdoba, ATC, nunca fue un canal de aire, como tampoco lo es ahora la TV Pública. ¿Cómo conocer algo que solo sucedía ahí, donde atendía Dios? Supongo que tampoco conocen Telemanías en otros puntos del país. Me río de mi ocurrencia. No creo que al jefe le guste tanto.
7
“Alguna vez pensé que podría escribir una gran historia,
después, supe que siempre en algún lugar,
alguien estaría contando una mejor.
Hay veces que me veo yendo de un lado a otro
buscando cuadritos de una historieta que no sé cómo termina”.
Polo
Tengo una historia con un comienzo mentiroso, un nudo imposible y un final incierto. No camino, no charlo con protagonistas, no miro a los ojos. Leo, eso sí. Y puedo escribir. Le escribo a Andrés Burgo, periodista deportivo y gran buscador de historias. Me dice que sí, que de pendejo veía El Otro Lado.
— Deberías escribirle a Ragendorfer.
Me guardo la vergüenza en el bolsillo para no escucharla, pelo una ametralladora y le escribo a todos; no pierdo nada, capaz que en alguna jugada aislada meta un gol. Armo un mensaje atolondrado, como pidiendo permiso, perdón y un poco de por favor. Busco ser sintético pero explicativo. Copio, pego y mando: a Lublinski, Ragendorfer, Garassino, De Santis, Reyero, Barlaro, Salem, Birmajer, Laszlo, Bais, Beiza y a todos los que aparecen en algún crédito del programa. Después de la balacera quedo agotado. Veo el humo en las teclas y pienso que me gustaría fumar, como los escritores y periodistas de antes, como Polo y sus entrevistados.
8
— Marco
— Polo
Como no puedo llenar la nada fumando, me pongo a leer, a rastrear entrevistas de la época, a hacer eso que se llama investigación.
“Nosotros hacemos un programa con vecinas de barrio, yo como entrevistador soy una especie de monosilábico balbuceante que a veces ni siquiera termina de hacer una pregunta, simplemente se trata de mantener una suerte de canal de comunicación para que sea el otro el que hable. Si hay una antítesis respecto de lo que nosotros nos proponemos con el programa es la de ese entrevistador que dice: ‘Bueno, por qué no nos contás cómo es el windsurf, porque quizás la teleplatea no lo conoce’. Ahí el entrevistador sí sabe, el que no sabe es el que mira. Entonces el que está hablando le habla a la cámara y no al entrevistador. Se supone que si yo pregunto es porque a mí me interesa; se supone que el interés de registrar un momento más que una entrevista, en donde entonces es tan importante un silencio, porque da lugar a un gesto, a poder concentrarse en un detalle de la escena, en un botoncito que tiene en el pulover del entrevistado y que está hablando de algo, hay información en eso que rodea al tipo que está hablando, y ahí está el interés del programa”.
Una de las claves del programa es/son la/s distancia/s y se relaciona con eso que Polo decía: la cámara está lejos, ausente en la dinámica entrevistado-entrevistador y Polo está cerca, mirando siempre a los ojos, dejando reposar las palabras y estirando los silencios. “El día tiene 24 horas de inteligente silencio, hay que saber interrumpirlo con algo que pueda mejorarlo y casi nunca se logra (…) Hay un estilo periodístico que no puede guardarse nada, parlotea y explicita todo: es como el porno. A veces el silencio dice más, y no es una forma de ocultamiento. Yo estoy aprendiendo a escuchar y no me interesa apurarme”, decía.
Para que las entrevistas salieran bien se trabajaba muchísimo. Se sabe que un minuto de audiovisual son varias horas de laburo. Hugo Montero, cocreador del libro Polo, el buscador, reflexionaba al respecto:
— Había un trabajo de campo previo. Polo enviaba un equipo de investigación –función que hoy no existe en el periodismo– para relevar las historias, los personajes. Eso generaba un vínculo con los entrevistados en el barrio, en la casa, en el laburo. Después de ese trabajo de conocimiento que buscaba romper con la barrera que construye la presencia de las cámaras, Polo iba con el equipo y armaba el programa. Demoraba horas en una entrevista hasta generar ese momento especial donde el entrevistado –que a veces era un vendedor ambulante, un cantante de cumbia o un matarife– bajaba la guardia y comenzaba a contar esas cosas de las que nunca antes había hablado.
Mi obsesión no es (solo) con Polo sino con el programa, con todos los que lograron llevar adelante una obra de arte en una época analógica
9
“A veces la ruta no es más que un desvío
que lo aleja a uno de los lugares de verdad”.
Polo
“Después de casi tres décadas, ya he comenzado a repetirme al hablar de El otro lado, como si estuviera repitiendo de memoria un libreto”, me advierte Ragendorfer. Después se ablanda y me dice que sí, que podemos hablar. Diego Lublinsky y Claudio Beiza también rescatan mi botella enviada al mar y acceden a que los moleste un rato.
Pasan 10 días. La primera entrevista se la hago a Lublinsky. Las condiciones son extrañas:
— ¿Una llamada telefónica te viene bien? Podríamos probar que me llames a las 13.40 y yo estaré en la sala de espera para hacerme el fondo de ojos a las 14.20.
Me advierte que va a estar un poco ciego pero que de todos modos le viene bien la charla para poder atravesar esos 40 minutos de espera.
Diego Lublinsky es guionista y director cinematográfico. Fue realizador y director en El Otro Lado y en El Visitante. Su tarea era integral: investigar, buscar a los entrevistados, armar el guión y estar en el rodaje para que Polo hiciera la magia, la entrevista. Luego venía la otra magia, de la que poco se habla: la edición. En ese recorte audiovisual de las entrevistas se generaba el arte y se plasmaban las características estéticas que hacían del programa algo único. Unos años después hizo Quince años luz, un programa emitido en Canal Encuentro, donde vuelve a buscar a algunos personajes entrevistados en El Otro Lado, 15 años después.
Al hablar con él me siento más cordobés que de costumbre. Le cuento la cronología de la nota, las cosas que me conmovieron de El Otro Lado, me atolondro un poco, corro por encima de las palabras como un Mario Bros, me tropiezo un poco y me levanto. Me interesa saber cómo era ese trabajo grupal, qué hacían y cómo lo hacían todos los que no eran Polo.
— Era un laburazo. Un montón de personas trabajando en distintas etapas del rodaje y de la post producción. A veces demorábamos 15 días en terminar un programa: unos 7 días de rodaje y el resto para editarlo.
Diego tenía unos 22 años cuando empezó a trabajar con Polo, en los tempranos ‘90. Con idas y vueltas estuvo cerca de él desde los comienzos, cuando empezaron a esbozar la idea de El Otro Lado en una columna del programa de Pettinato, Rebelde sin pausa.
La charla fluye. Siento que pregunto mal, sin profundidad. Estoy un poco nervioso. Hago todo lo contrario a El Otro Lado: lleno los silencios con afirmaciones que dicen poco, que no abren puertas, que no invitan a mi entrevistado a soltarse y hablar. Ya no me acuerdo cómo era eso de hacer periodismo. De todos modos, Diego me da testimonios valiosos sobre eso que estoy buscando: el día a día, el laburo de todo ese grupo de personas que se juntó para hacer un programa inolvidable.
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Después de un ida y vuelta de días y horarios, logro concretar una llamada con Claudio Beiza: domingo a las 20hs. Esta vez hacemos una videollamada. Me va mejor. Me gusta el cara a cara, aunque sea de pantallas. Charlamos largo y tendido.
Claudio es Director de Fotografía, principalmente en cine. Ha hecho largometrajes, documentales y televisión, trabajó en varios países y acumula varios premios por su labor. Su palmarés es interminable. Pero su vida no siempre estuvo vinculada a lo audiovisual: arrancó estudiando ingeniería electrónica, luego dio un volantazo y comenzó estudiar en la Universidad de Cine de Avellaneda: “Con Polo formábamos parte de un mismo ambiente, en la zona de la calle Corrientes, en bares como La Paz, La Giralda, La Academia, todo tenía que ver con una especie de club donde se juntaba la gente. Principalmente relacionada con la militancia de izquierda o peronista, con muchos amigos en común. Cuando surge el proyecto, el grupo que se arma es toda gente conocida, gente con la que yo estudiaba en Avellaneda, y ahí me llaman para que haga la cámara y la fotografía”.
Claudio me cuenta anécdotas, detalles cotidianos de su labor como cámara del programa. A medida que hablamos me voy dando cuenta que estoy hablando con uno de los grandes responsables de la mirada estética: el lugar que ocupa la cámara. Y es en esa mirada donde radica la particularidad de El Otro Lado, tanto en la forma en la que Claudio se ubicaba en el trabajo de campo, como así también la mirada de Polo, directa, a los ojos, silenciosa, incisiva, comprensiva. Esa forma de mirar (que luego se terminaría de concretar en la edición) es una de las claves de la belleza del programa.
“De forma consciente o no, la pretensión que tenía el programa era mostrar desde una mirada, pero en ningún momento con la intención de moralizar o juzgar. O sea, no se miraba al delincuente desde el lado de “mirá qué mal que está esto”. Eso corría por cuenta del que lo veía, el programa no intentaba modificar la ética ni la moral, la idea era poder entrar en un mundo que era vedado hasta entonces. Ahí estaba la virtud de Polo, que podía entrar en ese mundo, el de una monja de clausura o el de un chabón que vive pegándole culatazos a una viejita para robarle cosas, y hacer que sea más importante saber por qué lo hace. Entrar dentro del tipo, saber qué es lo que piensa, qué lo motiva, que puede sacarse eso de adentro antes que andar armando un discurso, una bajada de línea (…) Nos parecía mucho más enriquecedor estar en la búsqueda y poder mostrar cosas desde ángulos que nunca se habían mostrado y cosas que nunca se habían visto, por lo menos en televisión”.
Como si fuera un embudo, todo, tarde o temprano, desemboca en Polo. Mi intención era hablar del programa, de las características que lo hacían tan bello, de los personajes que no salían en la pantalla pero sí en los créditos. Inevitablemente, todos los caminos conducen a Polo. Mientras escucho a Claudio armo una idea y se la digo:
— Creo que El Otro Lado no podría haber existido sin ustedes, sin todo ese grupo de gente que terminó armando esa obra de arte pero ¿podría haber existido El Otro Lado sin Polo?
— De ninguna manera. Polo era un distinto. No sólo por lo que se veía en la pantalla sino por todo lo otro, por el laburo y, principalmente, por su personalidad. Tenía un aura especial.
En este sentido, Lublinsky agrega: “Polo establecía una distancia con el entrevistado, y al mismo tiempo era una persona confiable, a quien uno le contaría sus cosas. No tenía ningún problema en preguntar cualquier cosa, y lo hacía con una naturalidad que inspiraba mucha confianza. Simplemente era una conversación en la que siempre el entrevistado hablaba más que él. A partir de esa distancia se acercaba, no buscaba tener punch ni esperaba que el otro dijera algo. Polo se brindaba y no tenía límites de tiempo. No era un obsesivo del trabajo ni mucho menos, pero era bueno en lo suyo”.
Esta nota, este puñado grande de palabras, terminan convirtiéndose en un viaje. Cuando salí de casa no sabía bien para dónde ir. Vagué por los pasillos de las ideas, a veces en completa oscuridad, en callejones sin salida, otras tantas guiado por una tenue luz que me indicaba que quizás, si seguía el brillo, encontraría el camino por donde seguir. No sé si voy a llegar a algún lugar y, a esta altura, ya no creo que importe. Lo que importa, como siempre, es el camino, así son las historietas: continúan, siempre continúan.
“Durante un viaje a veces es difícil sentir realmente que uno hace lo que hace
como si toda experiencia tuviera algo de irreal
por eso es quizás que la gente saca fotografías
para saber que estuvo allí
pero ahora yo realmente sentía lo que estaba haciendo
Pero si había viajado, era sobretodo para volver
y ver las cosas con otros ojos.
Uno viaja siempre para que algo cambie
y para que pasen muchas cosas en poco tiempo.
La máquina de escribir tenía para mí unas cuantas deudas pendientes;
ahora no tenía ninguna idea
pero ya se me ocurrirían, mezclando
como siempre
lo que había vivido con lo que inventaba.
Así son las historietas: continúan, siempre continúan”.
Polo
Nota del autor: para la realización de este texto me fue de muchísima utilidad el libro “Polo. El Buscador”, de Hugo Montero e Ignacio Portela, editado por Sudestada, el documental “En la vereda de la sombra”, de Gustavo Alonso y “EL ÚLTIMO DARK – vida, obra y muerte de Fabián Polosecki”, de Atlas Argentina. Me nutrí de innumerables notas periodísticas, reseñas y blogs que, por no ser periodista, fallé en registrar y anotarlas como fuentes.
El Otro Lado está ahí, al alcance de un click. Solo hay que buscar un poquito.
Yo también solo conocía a Polo por la canción de Las Pelotas.
Ahora tengo ganas de ver «El otro lado ».
Muchas gracias, muy buena nota.