Por Fabio Martínez

Los tatuajes que un escritor o escritora debería tener – IV

A los diecisiete años no estaba seguro de nada, pero tenía una intuición: quería ser escritor. Había leído un libro de Osvaldo Soriano, “Cuarteles de invierno”, que me voló la cabeza. Pensé que hablar con la profe de Lengua y Literatura sería una buena idea. Recuerdo esa mañana, me levanté del banco y me acerqué a ella. Su cara cambió. No nos llevábamos bien, debo admitirlo, yo no era un alumno brillante y era bastante inquieto, sobre todo cuando la profe quería leer cuentos de Isabel Allende. Pero era mi futuro, le dije sin vueltas que quería estudiar Letras y le pregunté qué le parecía mi decisión. Era una mañana luminosa de octubre y pronto el sol calentaría las chapas, las paredes, las ventanas, los bancos y el curso se convertiría en un verdadero infierno. La profe tenía el pelo rubio y corto y su piel era tan blanca que ahí nomás sus mejillas se enrojecían. Ella me dijo que era la peor idea que se me había ocurrido. Que Letras era una carrera muy exigente, que había que leer la literatura del mundo entero. Que ella me recomendaba estudiar otra cosa, algo más fácil. Luego me pidió que me sentara y siguió con la clase. Mis amigos me preguntaban de qué había hablado con la “vieja de lengua” y yo contestaba con evasivas. Al final, yo que era y soy un tipo muy inseguro, le hice caso a la profe y terminé en Comunicación Social. Una carrera que me gustó mucho porque me abrió la cabeza. Pero el entusiasmo por estudiar Letras siempre quedó latente.
Las contradicciones de la vida me llevaron a que termine dando clases de Lengua y Literatura en la secundaria y publicando algunos libros. En 2020 me decidí y me inscribí en Letras Modernas en la Universidad Nacional de Córdoba, pública y gratuita. La idea era hacer la carrera de manera relajada. Pero vino la pandemia y rendí seis materias ese año, y siete el segundo. Sin darme cuenta era un alumno de Letras Modernas. Introducción a la Literatura y Teoría Literaria en medio de la cuarentena más dura fueron una contención tremenda. Todavía recuerdo la última clase de Teoría Literaria. El profesor, Facundo Bocardi, nos dio un tiempo para que digamos unas palabras y yo quería llorar y decirle lo mucho que amé esos viernes a la siesta, lo bien que me hicieron. Si sobreviví a la pandemia en gran parte fue por esa materia. Al final dije otra cosa, y no lloré. Me arrepiento de eso. Teoría Literaria se merecía que derramara mis lágrimas.
También cursé materias de las que renegué mucho. En estos años puedo decir que gran parte de la Escuela de Letras le da la espalda a los escritores y a las escritoras de Córdoba y que escriben desde Córdoba. Las contradicciones de la vida: una provincia que reclama por federalismo tiene una Escuela de Letras extremadamente unitaria que sigue privilegiando a los autores porteños y canónicos. Y como si esto fuera poco, también es una casa de estudio que le da la espalda a la escritura creativa. Todavía se comenta en los pasillos una de las preguntas que algunos docentes hacen en el curso de nivelación: ¿Quién estudia Letras para ser escritor? Unos pocos levantan la mano. El docente les pide que se vayan. En Letras no se viene a ser escritor, contesta. Tremendo.
Este año, una de las últimas materias que cursé fue MOPE (Taller Práctica Docente y Residencia) y el noventa y nueve por ciento de mis compañeres propusieron actividades de escritura creativa, querían que sus alumnos y alumnas escribieran cuentos policiales, fantásticos, de terror. Tomen nota, en una escuela de Letras que no se hace cargo y le da la espalda a la escritura creativa, sus futuros profesores quieren que sus futuros alumnos escriban.
Sepan disculpar mis críticas a la Escuela de Letras, como decía Vicente Luy: “Si me equivoco contradígame con amor, porque con amor digo”. Pero yo quería hablar de algo que aprendí en esa carrera que aún no terminé, o de algo que en realidad confirmé: la literatura es un mundo de contradicciones, de tensiones de elementos disímiles. Juan José Saer decía que una novela debe ser de todo menos una novela, hay que romper con el tiempo lineal, con la historia sencilla, una novela también puede estar construida a partir de ensayos y cosas así que estoy seguro que Federico Falco leyó una mil y veces para luego escribir su gran obra “Los llanos”.
Pero en esa ocasión quiero hablar de un autor que no pasó por los pasillos de la Escuela de Letras, su nombre es Gustavo Oña y hace poco publicó una novela muy hermosa que se llama Casa Rodante. El libro fue editado por Lote 11, una editorial que hace libros muy bonitos con tapas delicadas y un diseño cuidado. La trama de la novela es sencilla, un padre está en un geriátrico, atraviesa una demencia senil y uno de los hijos (también narrador de la historia) tiene la idea de arreglar la vieja casa rodante de la familia para salir con su padre los fines de semanas, ir de camping, retomar la relación de otra manera.
Ustedes podrán pensar: otra novela sobre el padre, una temática abordada por la literatura una y mil veces. Yo le podría contestar que sí, y sobre la familia. El narrador también tiene problemas con su mujer, su único hijo adolescente es como un fantasma que quiere huir de su casa, y el hermano del narrador es un adicto a la cocaína.
Sin embargo, lo que hace que Casa Rodante sea uno de los libros más hermosos que leí este año tiene que ver con el cruce de elementos disímiles. Además de la historia que les resumí, la novela tiene anexos donde la voz del autor aparece y reflexiona sobre lo que escribe, sobre la escritura en general y sobre su vida: “Dudas respecto a lo que estoy escribiendo, todas. No sé si escribirla en primera persona o en tercera, en pasado o en presente (…) Conclusiones temporales. Escribir me enseña a fracasar con paciencia, pero sobre todo a elegir un poco el terreno de la caída. Quizás después me llamaré escritor”.
Y como la historia avanza y se desarrolla y aparecen nuevos personajes, los anexos, esas reflexiones tipo ensayo, también toman su propio camino y por momentos nos encontramos con otra historia: la de un padre, la de un compañero, la de un hijo que extraña a su madre y a su padre; y la de un hombre que intenta escribir una novela y le cuesta, y la sufre y sin embargo sigue hacia adelante.
En definitiva, Casa Rodante es una novela construida de elementos disímiles, de contradicciones, es una novela que habla sobre el padre, es cierto, pero también sobre el duelo, sobre los adultos mayores, las relaciones sexo afectivas, es una novela que toma el camino de la aventura con elementos policiales. Una novela escrita con humor, pero por sobre todas las cosas, es una novela que considera a la escritura como un lugar de resguardo, porque cuando uno no sabe qué hacer con lo que le sucede, con lo que lo atraviesa, no queda otra que leer y escribir.
Yo no tengo ningún tatuaje. Pero lo tengo muy claro, la literatura es un mundo de contradicciones.